martes, 9 de septiembre de 2008

Sigue leyendo gratis LA DESBANDÁ


Como no he recibido mis derechos de autor durante cuatro años y medio, considero que los contratos son nulos y por ello publico gratis mi novela de mayor tirada, LA DESBANDÁ.
Espero que la disfrutéis.
Mandadme comentarios a la dirección de mi web.

LA DESBANDÁ - Continuacion
Había mucha carne visible en las verbenas. Las muchachas estrenaban escotes veraniegos y numerosos muchachos iban a pecho descubierto por el calor, con las camisas anudadas a la cintura. El Templao lucía con jactancia su musculatura tostada por el sol del puerto, consciente de las apreciativas miradas femeninas. No mostró signos de haber visto a Mani acercarse. Debía abordarle sin dejarse amilanar por sus sarcasmos. Tenía fama de calmoso y quemasangre, porque conseguía hacer perder la paciencia al más sereno, no por maldad, sino porque sí; juntaba broma sobre broma con el único objeto de hacer reír, sin más, y podía lograr que un auditorio riese hasta perder el resuello. Así había hacido su apodo pocos años antes. Era el mayor de una docena de hermanos, que vivían en sus dos habitación del corralón de la Torre mucho más amontonados que la familia de Mani, precisamente en el recoveco aislado junto al muro del convento que había dado nombre al edificio. Fingiéndose abstraído en la contemplación de los júas, Mani le siguió de verbena en verbena. Lógicamente, el Templao se dio cuenta de la persecuión; Mani tuvo que tragarse el diálogo:
-¿Con quien vas a bailar esta noche? -preguntó al Templao uno de sus aduladores.
-Namás tengo que hacer así -chasqueó los dedos corazón y pulgar de su derecha-, y saldrá una docena de gachís al ataque.
-Yo quiero bailar con tu Inma.
-Como le pongas la mano encima, te corto la picha.
-¿En qué verbena nos quedamos? -preguntó otro al Templao.
-Ya veremos. Después de que ardan los júas, nos quedaremos donde haya más animación, me supongo que en el Molinillo. Eso, si nos dejan entrar con escolta.
Mani sabía que se refería a él, aunque no le miraba ni de reojo. Enrojeció mientras se distanciaba y los perdía de vista. La noche era muy larga y a lo mejor encontraba la ocasión de abordarle a solas.
En muchas verbenas había una vieja con un lebrillo lleno de agua y un anafe, sobre el que sostenía un cazo con plomo derretido. Las filas, sobre todo de mujeres, esperaban turno ante ellas. En la verbena de la esquina de Rosal Blanco con Huerto de Monjas, era Mercedes la Alpistelá la que oficiaba de oráculo.
-¿Con quién voy a casarme? -preguntó una muchacha que era poco agraciada y no se le conocía novio formal.
La Alpistelá vertió plomo en el agua del barreño; al solidificarse, el metal formó una figurita que Mercedes examinó unos minutos, mientras balanceaba la cabeza.
-Tardará todavía una mijilla -dijo por fin-, como dos años. Va a ser un practicante, ¿ves? -señaló la amorfa figura-; esto es una jeringa y esto, un rollo de esparadrapo.
La siguiente en la fila era la madre del Templao. Éste y su hermana Inma brillaban tanto, que el resto de la familia resultaba gris. La madre era una mujercilla enteca que parecía incapaz de haber parido doce hijos.
-¿Qué va a ser mi Guaqui cuando salga de la mili? -preguntó.
La Alpistelá vertió el plomo. Tras el examen y el balanceo de cabeza, levantó hacia la madre del Templao unos ojos sombríos.
-¡Que la Virgen de Zamarrilla te salve! -exclamó.
-Ay, Mercedes, ¿es que ha visto usted algo malo?
-No te preocupes, mujer. Esto... no. No, esto no tiene ná que ver con el Guaqui, claro que no. ¡Qué tontería!
La madre del Templao estaba temblando.
-Mercedes, por Dios, dígame lo que ha visto.
-Ná. Este cuchillo... ¡qué va!; es cosa de buena mesa.
Notablemente alterada, la Alpistelá se desentendió de la madre del Templao y llamó forzadamente a la que le seguía en la fila.
Las consultas continuarían hasta que los júas ardiesen. Después de la hoguera, todos se desentenderían de lo que no fuese bailar. Mani descubrió en la fila a Anita y Mariloly, las dos hermanas que cortejaba por separado su hermano Antonio. Sonrió; cuando preguntaran a la Alpistelá, las dos estarían pensando en la misma persona.
Sonreía por esta idea, cuando se agachó de súbito para esconderse. El criado de la casona salía de la calle Rosal Blanco con expresión satisfecha. Había logrado lo que pretendía. Medio en cuclillas, Mani se apresuró por Huerto de Monjas en la dirección contraria; víctima del chivatazo del criado, el futuro más inmediato se presentaba muy negro, pero el nubarrón de su ánimo se despejó un poco cuando Inma le llamó, dándole un toque en el hombro.
-¿Has escogío verbena? -le preguntó.
La pobreza habitual de su atavío se enriquecía con el colorido del mantoncillo de papel rizado, el caracol fijado a su frente con zumo de limón y la biznaga que se había prendido junto a la oreja izquierda. Mani se ahogaba en los ojos verdes de Inma y le costó reaccionar para responder:
-No. ¿A cuál vas tú?
-Mis amigas me esperan en la calle Mariscal.
-¿Irá tu hermano también?
-No, al Guaqui le gusta más el júa del Molinillo, porque el fuego es más grande. ¿Aparecerás por calle Mariscal?
-Seguramente.
Mani se sintió hipócrita porque, por mucho que le conmovieran los ojos y la dulzura de Inma, lo que necesitaba esa noche era conquistar al Templao y, por lo tanto, iba a ser el Molinillo donde viera la quema de júas.
Debía de estar cerca la medianoche, porque empezaban a escasear los paseantes y casi todos bailaban ya en las verbenas al ritmo de guitarras y palmas. Cantaban ya los coros en torno a los júas; la quema debía de estar a punto de iniciarse. Mani corrió calle Curadero arriba, hacia el Molinillo, en cuya verbena, tal como era de prever, el Templao llevaba la voz cantante:
-Una vieja y un viejo... -cantaba él.
-¡Dómine! -corearon los demás.
-Se cayeron en un pozo...
-¡Dómine!.
-Y la vieja le decía...
-¡Dómine!.
-¡Qué fresquito tengo el chocho! -remataron todos al unísono entre carcajadas.
Los coristas, miembros de la pandilla del Templao, bailaban a saltos delante de un júa que representaba a Alcalá Zamora apoltronado en su sillón, tocado con una chistera cubierta de papeles pintados simulando billetes de cien pesetas; también de sus bolsillos emergían falsos billetes y delante, un cura, un banquero y una marquesa que sostenían, como si lo marturbaran, el descomunal pene que salía por la bragueta abierta del político. El cartel decía: "El cetro de mi autoridad".
Las campanas dieron la medianaoche, y se apresuraron a encender las hogueras. Mani sabía que ya no tendría nada que hacer hasta el final de la fiesta, cuando el Templao se dispusiera a acostarse, y decidió participar tanto como se lo permitieran. Los reflejos anaranjados lamían las paredes encaladas y se produjo un paréntesis de silencio y quietud, como si todos acechasen por si conseguían ver arder en el fuego aquellos de sus demonios que más le angustiaban a cada uno; sólo se oía el crepitar de las llamas y el desmoronamiento de los tarugos encendidos. Los muros adquirían una riqueza efímera, dorados por la luz amarilla, y el calor añadido al del estío, lejos de ser desagradable, encendía en la sangre un rastro atávico de confianza en algo venturoso que estaba por venir, algo maravilloso que sustituiría los objetos ruinosos que habían sacrificado en el fuego. También Mani se creyó poderoso, libre del miedo a que su hermano Antonio acabase en la cárcel y de la amenaza del criado de culo inmenso; dotado para rescatar a Paula de la miseria, capaz de devolver a su madre el palacio de alabastro, amatistas y terciopelo de donde alguien debía de haberla expulsado, porque Paula no podía pertenecer al mundo que conocía y debía de haber sido desterrada de algún paraíso de leyenda.
Alcalá Zamora, el sillón, la marquesa, el cura, el banquero y la plataforma ardían sobre un amontonamiento de muebles carcomidos y cajas de embalaje.
-Eh, no podemos permitir que la cosa de Alcalá Zamora se queme -gritó el Templao, señalando el enorme pene que emergía entre las llamas, todavía reconocible.
Sin instar a nadie a secundarle, saltó sobre la hoguera y, en el aire, mientras sobrevolaba el fuego, arrancó limpiamente el objeto, que se desprendió con facilidad del muñeco medio consumido. Aterrizó al otro lado de la hoguera sobre las ascuas de la orilla, produciendo al caer un chisporroteo de partículas encendidas.
Sonó un aplauso estruendoso.
Mani estaba como hipnotizado. No era sólo la fascinación del fuego ni la increíble levedad de la cabriola del Templao, sino algo más arrebatador, un sortilegio que le impulsaba fuera del corsé de temores y angustias. Los adolescentes y los hombres saltaban el fuego en los primeros momentos, antes de alcanzar la hoguera todo su esplendor, o al final, cuando sólo quedaban brasas. El Templao había saltado cuando nadie lo hacía, cuando rutilaba el fuego en su cénit. Mani se sabía ágil, corría más rápidamente que los demás niños, y ahora sentía que disponía de una fuerza nueva, un poder que le había sido concedido precisamente esa noche sobrenatural. Para que Guaqui el Templao le tomara en serio y le admitiera junto a su trono, para conseguir su protección y su ayuda, tenía que demostrar que era tan hombre y tan valiente como él; también saltaría sobre la hoguera antes de que las llamas menguasen. Como su estatura era considerablemente menor que la del Templao, se distanció diez o doce pasos para ganar impulso. La concurrencia adivinó lo que estaba a punto de hacer, pues todos desviaron la mirada del fuego para fijarla en él; mientras corría, advirtió que también había conseguido captar la atención del Templao. A buena velocidad, corrió hacia el fuego, pero alguien tiró un cohete sobre el júa y sonó una explosión que reavivó las llamas, bajo cuyo resplandor apareció Paula caída en el suelo, clamando con los brazos extendidos hacia arriba; alrededor, sus cuatro hermanos cubiertos de sangre; más allá de ellos, un amasijo de cuerpos descoyuntados. Paula fijaba los ojos en los de Mani y le indicaba que se alejase; él se negó; tenía que entrar a rescatarla, pero sintió el mazazo del terror. Debía acudir a salvar a su madre del holocausto y el vigor de un instante antes se había disuelto, sustituído por un pavor infinito que le dejó clavado en la orilla de la hoguera.
-Mani, que te vas a quemar -dijo una vecina mientras le empujaba lejos del fuego.
La visión se había desvanecido y sonaban risas entre conmiserativas y burlonas. Deseó que la tierra le tragase.
-Se ve que hay muchas gallinas y pocos huevos por aquí -exclamó el Templao coreado por las risotadas de su corte.
Mani temblaba, pero su resolución era grande. No iba a abandonar, esa noche tenía que conquistarlo. Permaneció ajeno a la fiesta, aunque sin perderlo de vista.

Continuará

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1 comentario:

Carlos Labarta dijo...

No creo ni que interese regalá...