lunes, 8 de septiembre de 2008

Aquí, gratis, LAS DESBANDÁ, mi novela más célebre


Por no haber cobrado mis derechos, he pasado cuatro años de penurias. Pero desde que un especialista me hizo constatar documentalmente que habían defraudado mis derechos, en cinco meses me ha pasado todo esto:
Un infarto el 30 de abril.
Cinco meses de agonía.
Impago del alquiler.
Desahucio de mi vivienda.
Subalimentación e irrespeto de mi dieta de diabético.
Un mes de agosto que difícilmente puede superar cualquier ser humano más joven que yo- mientras España se divertia en planas y nuevayorkes.
La desesperación alucinada me hizo procurar nuevos caminos durante ese mes terrible.. Lo curioso de usar caminos ignotos, es que uno va descubriendo caminos nuevos, encontrándose con sorpresas.
Sin buscarlas, he topado con cifras comparativas muy, muy interesante.
La desbandá es mía y de nadie más, por eso os la sigo ofreciendo gratis.


Continuación de La Desbasndá
Mani no levantaba la cabeza del periódico, queriendo convencer a los dos hombres de que no les escuchaba, pero el diálogo le inspiraba una infinidad de preguntas que hacer tanto a Paco como a Antonio.
-¿Cómo quieres el corte? -le preguntó Gustavo cuando llegó su turno.
Le explicó que tenía que meter maquinilla por el cogote y las sienes y cortarle completamente los tirabuzones.
-¿Estás seguro, lo sabe tu madre?
Tuvo que jurarle que sí.
-Este cabello es una maravilla... -murmuró el barbero en el momento de comenzar a meter tijera, como si ello le causara una pena muy honda-: ¡ojalá fueran mis hijos arios tan puros como tú!
A medio cortar el pelo, se entreabrió la puerta que comunicaba la barbería con la vivienda, y Serafín, el hijo de Gustavo, un muchacho algo mayor que el Templao, asomó la cabeza; sólo la cabeza, como si no quisiera descubrir el cuerpo ni la ropa que vestía, aunque Mani llegó a ver de pasada el cuello oscuro de su camisa y la corbata, prendas insólitas en el barrio. Serafín miró a los dos parroquianos que aguardaban turno y a Mani en particular. Al verlo, cerró precipitadamente la puerta para ocultarse. Mani se preguntó el significado de sus precauciones y su expresión de cautela.
Una vez libre de los rizos, corrió a exhibir su nuevo aspecto por el barrio, con la esperanza de tropezarse con el Templao sin tener que ir descaradamente a su encuentro. Como eran cerca de las cinco, llegaba en ese momento del puerto, aún cubierto del polvo de almagra. Los días que le tocaba cargar ese mineral volvía con la camiseta en la mano envuelta en un papel de estraza y el torso descubierto con aspecto de estatua de arcilla, teñido completamente de rojo y brillando a causa del sudor. Como de costumbre, fue saludado clamorosamente por su corte. Debió de hacer algún comentario al aproximarse Mani, puesto que todos giraron la cabeza en su dirección.
-Oye, Rubio -dijo el Templao-, ¿tus piojos se han metío a segaores?
Sonó un coro de carcajadas; Mani sonrió para disimular su enojo y turbación. Halló que tenía que recomponer la estrategia, porque no eran adecuadas para el acercamiento las circunstancias de ese momento, cuando debía de parecer por su rubor más excluíble entre los adolescentes y más niño que nunca. Subió junto a su madre, que le echó una reprimenda por lo mucho que se había apurado el pelo. Al detectar su malhumor, Paula añadió para consolarle:
-Mira lo que te he hecho -señaló una camisa de rayas azules y blancas con el cuello blanco almidonado. Exactamente, la clase de ropa de adulto que más había ansiado vestir.
-¿Me la puedo poner ya?
Paula sonrió con indulgencia.
-¡Claro, para eso la he hecho, pa que la estrenes por los júas!
Con el ánimo recuperado, Mani salió a rondar de nuevo al Templao, quien no solía ser lento ni minucioso en su aseo; en cuanto volvía del puerto, se quedaba en calzoncillos en el pequeño patio del corralón de la Torre donde, a la vista del vecindario y sin pudor, se echaba baldes de agua por encima.
Como su vivienda era la que se apoyaba en el muro del convento, Mani trató de desviar la mirada de la silueta de la monja, cuya nitidez parecía muy superior al resurgir sobre el encalado. No permitiría que nada enturbiase su humor para materializar durante la noche de los júas su ingreso en la pandilla del Templao. Éste no se encontraba en el patio, debía de haber terminado ya el baño y estaría acicalándose en el interior de las dos habitaciones donde se hacinaban su madre y sus once hermanos. Inma estaba en el portal, apoyado el hombro en la jamba del portalón; Mani se preguntó con quién la podía comparar; ¿una artista de cine?, no, eran demasiado viejas y repintadas; ¿Imperio Argentina?, no, Inma era más esbelta y dulce; ¿una virgen?, sí, eso era, ¡Inma era completamente igual que la Virgen de Servitas! Notó que ella se ruborizaba cuando le preguntó:
-¿Va a salir pronto el Guaqui?
-¿Quieres que le diga algo?
El rubor en las iridiscentes mejillas de Inma había producido júbilo a Mani. Necesitaba prolongar el diálogo, pero no sabía qué decir y temía que saliera Guaqui el Templao en seguida y volviera a ponerle en ridículo, precisamente delante de su hermana.
-No, déjalo. ¿Vas a ver los júas?
-¡Claro!
-¿Con quién?
-¿Con quién va a ser? ¡Con mis amigas! Nos veremos por ahí.
Ruborizado también a causa de lo que parecía una cita, Mani echó a andar calle abajo. Su determinación de ser admitido junto al Templao habíase redoblado. Daría un paseo por Huerto de Monjas, Ollerías, Parra y Molinillo, para ver los júas que habían ideado en otras calles y matar así el tiempo hasta que el milagro se produjese.
La de los júas no era una fiesta planificada por el ayuntamiento; se trataba de una celebración espontánea para la que nadie tenía que ser convocado, porque respondían a impulsos ancestrales. Nunca eran las mismas personas las que formaban equipo para confeccionar los fantoches ni los grupos procedían de la misma casa o calle, porque se ponían a hacerlo en el instante en que se les ocurría la idea y recurrían a la ayuda de quien estuviese más cerca, con frecuencia los novios, compadres o amigos procedentes de otros barrios. Había mucho de mimetismo y deseos de superar al vecino al idear el júa, porque intentaban simbolizar lo que odiaban pero de manera que el fantoche resultante hiciera gracia. Pobres extremosos sin excepción, echaban mano de los muebles viejos y carcomidos, de la ropa desechada por andrajosa y de todo cuanto estuviera tan detereriorado que no les sirviera ni a ellos. Carentes de la menor pretensión artística, sin embargo algunos alcanzaban niveles sorprendentes de ingenio, de modo que la tosquedad del muñeco era olvidada por la apreciación del gracejo natural de los autores, que éstos reforzaban con los rótulos que les colgaban del cuello o situaban ante ellos. Mani se rió mucho frente a "Indalecio Prieto metiéndole mano a la reina Victoria Eugenia", "Raquel Meller buscando la pulga en la bragueta del obispo" y un fantoche con un pene monstruoso, erecto, que rezaba "Soldadito presentando armas a Sanjurjo", pero la carcajada se le atragantó cuando reconoció al hombre que le estaba mirando fijamente desde más allá del muñeco que representaba a Sanjurjo; ¡era el criado de culo gordo de la mansión que había asaltado con Quini por la mañana! No acabaría de decidirse a atraparlo porque, seguramente, le desconcertaba la desaparición de los tirabuzones. Tenía que escabullirse, porque, sin duda, trataba de cazarlo para entregarlo a los guardias.
Echó a correr a través del gentío que contemplaba los júas, yendo a chocar contra el pecho de Quini.
-Joé, Rubio. Me has dejao sin respiración.
-El criado de la casa que asaltamos esta mañana anda buscándome.
-¡No te digo yo! ¿Y cómo habrá dao con el barrio?
-¡Yo qué sé! Será que como le dije mi nombre a la señora...,
-¡Hiciste qué! -exclamo Quini, muy enfadado- ¡Tú estás chalao perdío! Ella habrá pensao, por tu manera de hablar, que somos de estos barrios...
-Escóndeme, Quini. De tu cara, seguro que no se acuerda el andoba, pero a mí me miró una pechá. Míralo, ahí viene.
-Está bien. Métete aquí detrás -señaló un júa que representaba al bandolero Pasos Largos, arrastrando una carreta llena de guardias civiles. También Quini se escondió, asomando la cabeza sólo un poco entre los tricornios de cartón.
-Está preguntando a los vecinos -informó Quini a Mani-. Creo que trata de que le digan dónde vives, pero se está equivocando, porque va Ollerías arriba... Sí, parece que se va a meter en el Molinillo. Seguro que te pierde la pista, ¿no?, porque no creo que por allí sepan tu nombre.
-A mi madre, con la costura, la conoce mucha gente.
-No la conocen por la costura, Rubio; es que con ese apellío no se pué vivir en estos barrios, joé. Voy a tener que buscar a la pandilla, a ver si conseguimos apartar al mariconazo ése de tu rastro... que también le conduciría al mío.
Anhelando su protección, Mani se arrimó a Quini cuando se puso en marcha.
-Joé, Rubio; déjame disfrutar de los júas tranquilo.
-Es que me hace falta dinero. En serio, Quini, ¿no tienes otro asuntillo por ahí?
-En este momento, estoy más quemao que una palmatoria. Como lo de esta mañana no salió bien, me fui a un trajín en la fábrica de pasas de calle Cuarteles, pero, joé qué mala pata, me pilló el portero cuando sacaba el fardo por la ventana, y llamó a los guardias. No me han dao namás que cinco o seis tortas, pero me han amenazao una pechá. Ahora, tengo que esperar unos cuantos días.
Mani exteriorizó su desánimo.
-Mira, Rubio, yo no puedo dar la cara hasta que no pase el temporal, pero si me prometes darme un pico, te digo dónde puedes hacer un trabajillo fetén.
-¿Yo solo?
-Bueno, la verdad es que estás un poquillo escuchimizao. Tendrías que buscarte a alguien, como cosa tuya. A mí, ni me mientes.
-¿Dónde es?
-En La Virreina. Allí no vive naide en verano, chachi. Namás que está el guarda del esquimo, y a ése se le puede marear. Palabra que no es cuento, Rubio. Esta mañana, tenía que engatusar a esos caguetas, pero a ti te hubiera dicho la verdad, porque sé que no te rajas. Lo de La Virreina está tirao, porque hay dos árboles de goma que llegan hasta el tejao. Hay un montón de cosas... ¿cuánto necesitas?
-No sé -Mani titubeó-. ¿Mil pesetas?
-¡Eso está hecho! Con que cojas dos cosillas las puedes pulir por mil duros lo menos, porque hay relojes antiguos, plata y muchas cosas de ésas de museos.
-¿Tú crees que podría convencer al Templao?
-El Guaqui está cá día más raro, Mani. Ahora se las da de formal, porque trabaja en el puerto, pero antes sí que corríamos juntos. Si tú necesitas dinero, imagina él, con el cuadro que tiene en su casa, sin padre y con once hermanos... No sé. En fin... si quieres, díselo, pero no creo que te haga caso, porque se ha empeñao en decir que tó eso era cosa de chaveas. De toas maneras, si convences a alguien, recuerda que de tu parte tienes que darme la mitad.
-Fenómeno.
-Ahora, apártate por si ese gachó sigue buscándote, que no nos falta más que el mariconazo nos vea juntos.
Mani se volvió hacia la dirección contraria de Quini, para retomar su proyecto de integración en la pandilla, porque tras de lo que le había contado, intuía cierto enfrentamiento de Quini con el Templao y entendió que no era quien mejor podía facilitarle el acceso. Por todas partes habían colgado guirnaldas y cadenetas de papel y junto los júas había tertulias en torno al ufano autor; los fantoches les daban pie para hablar de sus inquietudes, puesto que cada júa era la expresión de sus obsesiones:
-Aquí, el que se mete con la Iglesia y con los ricos...
-A mí, plin. No tengo tiempo pa pensar en monsergas; lo que yo quiero son avíos pal puchero...
Bajo el aroma de las damanoches y los jazmines, en las tertulias nocturnas nacían amores que acababan en el altar o enfrentamientos que podían terminar con facas esgrimidas ante el que un momento antes era el compadre más querido. A veces, cortaban simplemente el aire impregnado de aromas y hedores, pero otras, rajaban la carne de alguno que, con frecuencia, no tenía nada que ver en la pendencia. Entonces, los furores se convertían en lamentos con los que hasta quienes más abominaban de la religión pedían perdón al mundo y a Dios. Crecidos en un barrio cuyas atalayas eran todas torres de iglesias y conventos, no sabían reconocer nada trascendente que no tuviera que ver con lo sobrenatural. La cruda luz diurna ocultaba pero no borraba las sombras; la noche las multiplicaba y eran las tertulias con lo que evitaban enfrentarse a sus terrores antes de que les venciera el sueño. En la esquina de Curadero, el barbero y su familia también conversaban con un grupo, ninguno de cuyos integrantes del barrio. Serafín lo miró con expresión hostil, lo que obligó a Mani a detenerse simulando que no se interesaba por el júa instalado a la puerta de la barbería, un sindicalista de la FAI con orejas de burro. La provocación era tan manifiesta, que Mani no entendió que el vecindario no acudiera a quemarlo... junto con la barbería y sus dueños. Escuchó un retazo del diálogo que éstos mantenían con los desconocidos:
-...y Sanjurjo, aunque esté en Portugal, acabará tomando el poder.
-Dicen que hay preparativos en Tetuán...
No era buena idea permanecer en ese punto, frente al que los paseantes circulaban mirando para otro lado, como si hubieran acordado tener la fiesta en paz. Volvió hacia la esquina de Rosal Blanco, y antes de llegar tuvo un estremecimiento; el criado de la casona entraba resueltamente en su calle; había localizado su domicilio. ¿Qué iba a hacer cuando el hombre del culo gordo le contara a Paula lo que había hecho?; tenía que cavilar. Quiso asegurarse de que, en efecto, el sujeto entraba en el corralón de Las Dos Puertas. Fue despacio tras él, pero le distrajo el grupo que había junto al muro del convento; la multitud rodeaba a unos hombres que no eran vecinos, uno de los cuales estaba sacando fotos de la silueta. Tenían que ser periodistas. Pasado mañana, se fijaría a ver si salía una foto de su calle en los periódicos. Desde el patio, dio una ojeada a la puerta de su casa, cerrada de nuevo como la noche anterior. Aquel culón, el tal Rafael, debía de estar encerrado con Paula, contándole la fechoría.
No sabía explicarse la intensidad de su miedo. No era el terror tan conocido ni se parecía al escalofrío cotidiano, ni al sentimiento permanente de la inmediatez del infierno, porque todos los vecinos dormían, respiraban, comían y soñaban rodeados de monjas que les recordaban con machaconería lo fútil y breve que era la vida, y sus campanas les despertaban, les llamaban al ángelus y a las vespertinas y les anunciaban la hora en que iba a dormir la gente honesta, porque ellos no eran decentes, estaban corrompidos por el vicio, engendraban pendencieros y ladrones, vivían en promiscuidad, ninguna moza se casaba virgen sino, la mayoría de las veces, con barriga, y estaban convirtiéndose en rojos sin salvación. Eran, les decían, candidatos irremisibles a la condenación eterna y sólo la infinita misericordia de Dios podía librarles del infierno, aunque, en el mejor de los casos, sufrirían durante miles de años abrasándose en el purgatorio, hasta la consumación de los siglos, cuando viniera Jesucristo a resucitar la carne. Era en este punto donde las peroratas monjiles dejaban de estremecerles, porque "carne" tenía para ellos un significado diferente del que las monjas le daban; su sonido evocaba platos inalcanzables y el hambre que jamás saciaban. Mani consideró que el miedo de ese momento era más justificado; Paula jamás le había puesto la mano encima pero sus hermanos, a espaldas de su madre, le iban a dar una soba de muerte cuando se enterasen de lo de La Caleta. Tenía que encontrar al Templao.

1 comentario:

Carlos Labarta dijo...

Luis, no es nada fácil leer tu blog... Brevedad y concisión, por favor...