lunes, 24 de noviembre de 2008

Lee gratis LOS PERGAMINOS CÁTAROS


Esta es una novela muy intensa que se desarrolla durante la invasión napoleónica. En el Valle de Arán, una partida de proscritos capitaneados por una valerosa mujer, buscan agónicamente el mítico tesoro de los cátaros.

Ayer terminó LA DESBANDÁ, quien quiera leerla completa bastará con que abra las diferentes entradas de cada uno de mis blogs.

LOS PERGAMINOS CÁTAROS consta de treinta y ocho capítulos, un prefacio y un epílogo. En total, cuarenta. Cada día publicaré dos, de modo que la fábula se completará en 20días. Transcurrido ese tiempo, comenzaré la publicación de EL OCASO DE LOS DRUIDAS y, después, ORO ENTRE BRUMAS

Disfruta de este thriller apasionante.

LOS PERGAMINOS CÁTAROS

El acoso, expolio, martirio y exterminio de los cátaros
fueron crímenes execrables contra la Humanidad.
¿Pedirán perdón algún día la Iglesia y el Estado Francés?

¡Gloria a Tolosa, la ciudad de las veintinueve puertas que fundó Tolus, nieto de Jafet, ciudad construida en piedras rojas, en piedras inquebrantables como el corazón de los cátaros!
¡Gloria al río Garona que brota en los montes pirenaicos, conserva un poco de luz de Aran en sus ondas embrujadas, y da a la cepa de la viña su apariencia de enano ebrio y al álamo su poder de meditación!
MAURICE MAGRE
“La sangre de Tolosa”


Dedicatorias
A Lluis Jordá Lapuyade, psicólogo y escritor, que por haber sido feliz durante su luna de miel en Aran, me insufló el deslumbramiento entusiasta por este Shangri-Lá pirenaico.
A Juan Carlos Riera Socasau, aranés de pro y ensayista, que con pericia de gran estratega me ilustró meticulosamente sobre un momento histórico del Valle de Arán, esencial para esta narración.
A Jep de Montoya Parra, escritor, historiador y gran profesional con alma de trovador medieval, que se convirtió en mis ojos para mirar las maravillas aranesas con fulgores de poeta.
Als Catars, als martirs del pur amor créstian.

PREFACIO
Marzo de 1244.

Iba a vencer la extenuación, porque ya no le quedaban fuerzas ni para sostener el peso del zurrón con el cuño y el fragmento clave de pergamino. Apenas podía con el de su cuerpo, mortificado por el ayuno y el frío polar que señoreaba en el sinuoso valle. Más que valle, se trataba de una garganta que caracoleaba entre montañas sobrecogedoras como gigantes de leyenda, en cuyo rincón más empinado se encontraba el segundo y último de sus destinos.
Una vez encajada trabajosamente la losa para tapar el nicho donde había guardado el rollo de pergaminos, acababa de superar el penúltimo de los incontables peligros que el viaje había supuesto. Chupó la sangre del pulgar de su mano izquierda, que se había herido en el momento de desencajar el pesado rectángulo de piedra.
Al salir del convento donde la tarde anterior había simulado vocación de profesa, oteó río abajo con mirada sombría. Por fortuna, parecía haber cesado la persecución. Desde que hubo conseguido cruzar el puente de piedra sin ser descubierta y habiendo recorrido con grandes penalidades un desfiladero bajo la ventisca, hacía ya cuatro jornadas que no escuchaba el relincho de los caballos ni los aullidos de los perros, tan temibles como lobos hambrientos.
Bordeó la aldea que dormitaba al lado del convento, caminó una legua más y pasó de largo sin entrar en una hermosa villa; se mostraba acogedora con sus casas de piedra casi sepultadas en la nieve pero caldeadas por los fogones, cuyo humo brotaba incitador de las chimeneas. A pesar de que todos sus sentidos se lo exigían, se negó a sí misma golpear una de las puertas en solicitud de reposo y alimento, porque la negra silueta del campanario que dominaba el caserío le resultaba siniestra y amenazadora.
La meta final no podía quedar muy lejos, pero en esos instantes, bajo ráfagas de viento helado que laceraban su tez, no conseguía calcular cuántas horas de luz le quedaba al día ni si ese tiempo le bastaría para alcanzar su objetivo, ya que los crujidos de sus miembros le anunciaban que no vería otro amanecer.
Según iba volviéndose el bosque más espeso y tenebroso y la nieve más mullida, el silencio adquiría el vértigo del vacío sobre la Nada, donde hasta el restallar de una fusta sonaría atronador. Temía que, acaso, persistiera la persecución y que la gruesa alfombra de nieve borrara los sonidos, porque ni siquiera oía el rumor de sus pasos y hasta sus propios jadeos, casi estertores, parecían congelarse en sus labios, lo mismo que el sudor que se convertía en escarcha en su frente. En cada árbol blanqueado por la nieve y en cada matorral pardusco y agostado vivía una acechanza del Mal, una voz muda que le tentaba a rendirse, desfallecer, descansar por fin.
Sabiendo que no tardaría en morir, suplicó a las fuerzas del Bien que le permitieran vivir hasta que la preciosa carga fuese depositada en el lugar debido, a buen recaudo, igual que la anterior y la antecesora, y las que hubiera habido antes, cifra que no se le había revelado. Sí sabía que todas las señas se encontraban en lugares marcados de ese recóndito y remoto valle y, todas ellas cuadruplicadas, en otros tres parajes igual de ignotos, y que sólo un Puro sabría interpretar cada una de las claves para llegar a la precedente y, una a una, hasta el objetivo final que era, en realidad, el origen de todo, lo más valioso, el tesoro supremo de los Puros, el testimonio que desvelaba las mentiras y señalaba el camino de la Luz, lo que sostenía la verdad incontrovertible de la Fe.
Ahora que todos habían muerto, ahora que todo parecía acabado, iba a morir y moriría doblemente si no conseguía salvar el mensaje que podía abrir el entendimiento de un Puro de los tiempos por venir, para llegar a lo que representaba la única esperanza de la Humanidad, el valiosísimo secreto que los puros habían custodiado durante incontables generaciones, salvándolo a duras penas de los incesantes asaltos que el tirano de Roma ordenaba, con la ambición de destruirlo para negar a los hombres el conocimiento de la Verdad revelada.
El valle, del que tanto había oído desde la niñez, debía de ser muy hermoso en verano; también lo era ahora, pero la deslumbrante belleza blanca de la nieve bajo el toldo de nubes negras poseía el viso aterrador de un sudario. Su propio sudario. No temía la muerte; sería feliz cuando su corazón dejase de latir, porque su espíritu conocería por fin la Luz, pero habría preferido morir en la hoguera, junto a los demás.
En el silencio fantasmagórico del bosque, el aire congelado silbaba con los ecos de sus voces, gritando oraciones que sonaban como gemidos y lamentos que desgarraban el alma, por el terrible suplicio de ser quemados vivos. Doscientos quince, sabía el número de memoria porque los había tenido que contar muchas veces durante el sitio de Montsegur, cuando había que dividir las escuálidas raciones de alimento como si fueran gemas. Doscientos quince en la misma pira, la más monstruosa y despiadada pira que recordaban los tiempos, y había consumido el fuego asesino la última generación de Puros.
Dejó atrás las dos torres que tan exactamente le habían descrito, y subió el empinado repecho donde sus pasos se multiplicaban a causa de los resbalones en la nieve y por la extrema debilidad de sus piernas. Alcanzada una exigua meseta, identificó sin duda su objetivo, colgado un poco por encima, en un punto donde comenzaba el deslumbrante manto blanco de la cumbre iluminado por el sol de poniente.
Llegar podía costarle el último aliento, pero iba a conseguirlo.

Capítulo I
MISTERIOSO HALLAZGO
Octubre de 1810

Mossen Laurenç descargó el hacha con rabia contra el tronco tendido en el suelo, haciendo saltar oleadas de astillas. Era tan completo el silencio, que las menudas partículas de madera golpearon sonoramente contra las piedras tapizadas de verdín del muro lateral de la iglesia de Nuestra Señora de Cap d’Aran. Cada golpe era un estallido, una detonación de donde emergían las astillas como proyectiles, que le arañaban la piel y se le clavaban en los músculos de los brazos inflamados por el esfuerzo y la furia. La luz del alba reflejada por las cumbres nevadas apenas iluminaba el pequeño huerto parroquial, una exigua meseta entre dos taludes cubierta de musgo y trébol, empapada de escarcha a medio derretir y cosida de hoyuelos de las pisadas impetuosas del joven párroco.
Iba a cumplir treinta y dos años, pero la sangre bullía tumultuosa en los complicados altorrelieves que formaban las venas de sus miembros, como las de un adolescente muy vigoroso que acabara de descubrir los poderes de la carne. Las descargas del hacha eran azotes a su conciencia, un castigo contra el pecado que su mente y los escalofríos le exigían cometer a todas horas, mientras rezaba, mientras se arrepentía, mientras consentía que su alma fuera presa de la desesperación y le convulsionara el demente rencor contra sus propias debilidades.
Las lágrimas corrían por sus mejillas sin ser llanto, mezcladas con el sudor que no llegaba a convertirse en bálsamo que aliviase el estremecimiento perpetuo de su piel, el vello erizado de anticipación, el latido que le exigía noche y día volver a pecar con lo mismo que había pecado en Seo de Urgel.
No podía recaer. Ahora menos que entonces. Aran era un microcosmo demasiado concéntrico y encerrado en sí mismo. Sí allí, en la capital de la diócesis, había constituido un escándalo su conducta, ¿qué consideración recibiría en Tredòs, entre campesinos sentenciosos y estrechos de miras a quienes apenas conseguía entender? Si en Seo de Urgel se había visto obligado a afrontar un castigo tan severo como el destierro a este remoto valle prisionero entre montañas, ¿cuán grande podía ser la condena a que se arriesgaría ahora?
Había nacido en uno de los caseríos que moteaban de humo y diminutos resplandores de hogares el verde helado del amanecer, pero ingresado en el seminario de Barcelona a los doce años, nunca había regresado hasta ahora. El estudio afanoso del latín, las conversas en catalán y castellano y el tormento permanente de saberse encaminado hacia la verdad mientras el satánico seductor trataba de descarriarlo, le habían hecho olvidar su lengua materna. No sólo había dejado de saber expresarse en aranés, sino que apenas conseguía comprender unas pocas frases de lo que sus feligreses le decían.
Lanzó el hacha lejos de sí, como si ese gesto constituyera un castigo contra lo que no podía ser más que un demonio que buscaba su perdición. Entre los chorros copiosos de sudor brotaba vapor de sus axilas, de los anchísimos hombros, de los robustos brazos y del tronco desnudo, expuesto sin rubor dado que ningún ser humano solía hollar la escarcha de la madrugada en las recoletas soledades donde se alzaba la casa cural, al otro lado del templo desde donde se despeñaba montaña abajo la minúscula aldea. A tales horas, apenas sonaban a veces los cascos de algún caballo francés, de los centinelas que el ejército de Napoleón había diseminado pocos días antes por el valle. Su desnudez desafiaba el frío porque no lo sentía, pues era mucho más ardiente que un volcán lo que emergía de sus poros.
Entró en la sacristía. Se enjugó el sudor en los faldones de la camisa antes de ponérsela, se abrochó con impaciencia la interminable hilera de botones de la sotana y se contempló de reojo en el reflejo del vidrio de la ventana. Temía que pudieran crecer cuernos infernales en sus sienes y resplandores rojos en sus pupilas, pero lo que el reflejo le devolvía era una cara no exenta de armonía, no demasiado característica ni perturbadora como lo sería la de un demonio. A pesar de lo muy pecador que se reconocía, el rostro del párroco que veía en el cristal era el de un treintañero más bien bonachón, como si conservara una inocencia que reconocía haber perdido hacía muchos años.
Una vez cubierto de los ornamentos sagrados, se dispuso a celebrar la misa. Sólo había dos mujeres en los reclinatorios, que lo miraron igual que le miraban todos desde que llegara a Tredòs, con una mezcla de desconcierto y reprobadora distancia. El obispo había podido desterrarle a Aran gracias a que era aranés, puesto que ésa era condición indispensable para ejercer el sacerdocio en el valle debido a sus privilegios ancestrales. Todos sabían que era paisano, y por ello no le perdonaban que no pudiera expresarse en aranés. El escudo que la misa en latín representaba le eximía de remordimientos por ello, aunque reconocía que debía esforzarse, porque había ido perdiendo clientela en el confesonario desde el primer día y ya sólo muy raramente se acercaba alguien. Le apenaba enterarse de que algunos de sus vecinos, los más devotos, emprendían el azaroso viaje hasta Vielha para confesarse con el arcipreste, pero era una pena sin rencor. Ellos tenían razón mientras que él era un pecador exiliado y castigado al ostracismo, que merecía el desdén.
Durante la misa, miró muchas veces los deteriorados murales románicos; iluminados por las oscilantes llamas de las velas, los ojos de Nuestra Señora parecían vivos y no halló en ellos reproches, sólo luz. Una luz sobrenatural que le alivió un poco. Pero los desconchones del yeso añadían misterio a los rostros pintados, de manera que las beatíficas expresiones de los santos y los apóstoles parecían acusadoras y condenatorias. Ya no podía esperar más. Ni los ángeles ni las vírgenes de las paredes le comunicaban paz, sólo recriminaciones. Tenía que hacer algo o se volvería loco.
Como de costumbre, nadie le esperaba al terminar la misa. Las dos mujeres habían abandonado la iglesia con prisas, tal como solían hacer todos por temor a reconocer en sus gestos la insultante incapacidad de comprenderles. No podía postergar más el intento de encontrar solución.
Al ensillar el caballo pocos minutos más tarde, se preguntó si resistiría llevarle monte abajo hasta Vielha, tan jamelgo parecía. Era mejor que fuera así, porque de ser un vigoroso corcel ya se lo habrían requisado los soldados de Napoleón.




Mossen Peir besó la estola con una sonrisa tomándola de manos del monaguillo poco antes de comenzar la misa. En Vilac, donde se encontraba realizando la visita pastoral a que le obligaba todos los meses su condición de arcipreste, las campesinas poseían una inocencia que habían perdido casi todas las vecinas de la populosa Vielha, a punto ya de alcanzar los mil doscientos habitantes. Debería relacionarse más con esa inocencia carente por completo de malicia, aunque sus obligaciones se lo permitieran tan poco. Tan modestas, encendidas de rubor sus mejillas y candorosas en sus reclinatorios, cada uno de los gestos de las jóvenes matronas era una invitación a sobrevolar con ellas las miserias de la vida.
El párroco nuevo que le había mandado el obispo a Tredòs carecía de sentido de la caridad para agradecer al Señor tales bendiciones. Mossen Laurenç era un hombre demasiado rígido que necesitaba aprender cuanto antes a vivir de acuerdo con el paisaje y el paisanaje, o se arriesgaría a que el paisaje y el paisanaje le rechazaran y expulsaran como un advenedizo malquerido.
Como si pensar en él fuese una invocación, vio a mossen Laureç entrar en el templo con profunda devoción, encogido, realizando esfuerzos de no ser advertido por él para no distraerle. Mossen Peir sonrió. Por mucho que se esforzara, Laurenç no podía pasar inadvertido, pues era claramente más alto que los pobladores del valle y tampoco eran comunes unas proporciones tan fornidas como las suyas. ¡Qué poco sentido común el de ese hombre! ¡Qué malgasto insolente de vitalidad! Era una verdadera ofensa a Nuestro Señor que no glorificase un cuerpo tan privilegiado.
Las miradas de los dos se encontraron y notó que el párroco de Tredòs bajaba los ojos con turbación, mientras enfocaba unas pupilas desorbitadas y escandalizadas hacia las figuras que decoraban la pila bautismal, pobre pazguato. Tenía que forzarlo a ajustarse a las circunstancias o su magisterio parroquial no serviría de nada, porque iba a convertirse en una sarta de errores que más tarde tendría que atajar de la peor manera. Debía intervenir ahora, como un cirujano que extirpa un grano antes de que se convierta en una fogarada. De hoy no podía pasar.




Terminada la misa, mossen Peir llamó con un gesto al joven sacerdote.
-¿Qué te ha hecho bajar de Tredòs, tan temprano y con un tiempo tan crudo?
-Necesito confesarme, padre. Me han dicho en la vicaría que vuestra reverencia se encontraba aquí…
-¿Y no podías aguardar un par de días? Mi siguiente visita será a tu parroquia.
-No podía, padre. Por ello he tenido que someterme a los controles insolentes de los soldados franceses, tanto para entrar en Vielha como para salir luego hacia acá. Tales agravios a los servidores del Señor no deberían consentirse.
Mossen Peir miró alrededor, por si había alguien lo bastante cerca como para oír la arriesgadísima queja de Laurenç, temerario fanático incapaz de evaluar la arbitrariedad del ejército napoleónico. Supuso que nadie lo había escuchado, aunque tres de las lozanas muchachas de Vilac parecían esperar, cerca de la salida, para hablar con él pero no para confesarse, lo que le produjo chiribitas en el corazón. Con un gesto, indicó al párroco de Trèdos que se dirigiera al confesonario.
Diez minutos más tarde, mossen Peir se apresuró a dar la absolución con impaciencia; a pesar de que Laurenc no había rematado su última frase, se alzó y lo empujó hacia la sacristía.
-Escucha hijo –le dijo sin permitirle protestar-. Tienes que serenarte y valorar la jerarquía de las cosas con sentido común.
-No comprendo, padre.
-Te faltan unos cuantos lustros para que tu vigor se atempere. Y veo que en aquellas soledades de Tredòs no podrás esperar a solas que los años curen tus ansias.
-¿Debo pedir al señor obispo la caridad de trasladarme?
Mossen Peir no contestó, limitándose a fruncir los labios mientras cabeceaba con impaciencia. Tras una larga pausa, dijo con tono severo:
-Lo que tienes es que impedir que tus ansias malogren tu apostolado. Necesitas compañía y ayuda para sobrellevar el frío de Tredòs y el vacío de tu… vida.
-Sigo sin comprender.
-Escucha, Laureç. Seguramente por la caridad de Nuestro Señor, se da una afortunada coincidencia. Conozco a una joven señora nacida en Les, pero madurada en Zaragoza, que ha de cuadrar con tus necesidades. Sé de buena ley que en ella se aúnan virtudes que complementarán de maravilla tu trabajo.
-¿De quién habláis, padre?
-De Marianna, una aranesa que se quedó huérfana a los siete años, cuando aquella terrible epidemia que asoló al valle. Un sacerdote aranés que hizo carrera y fortuna en la diócesis de Zaragoza conoció su desgracia, se compadeció y se la llevó como protegida a su residencia. Y mira si fue bueno para ella y ella buena para él, que alcanzó el deanato mientras que ella, a quien todos consideraban la sobrina, brilló como gran dama en los mejores salones de la burguesía aragonesa.
Laurenç miró alrededor, temiendo que las palabras del arcipreste pudieran hacer emerger llamaradas del infierno. Todavía sentía el escalofrío causado por las figuras contempladas media hora antes en la pila bautismal, que le habían hecho distraerse de la misa: un monstruo, un dragón demoníaco, circundaba la pila mientras parecía proteger a una figura, tal vez una mujer desnuda, lo que le había producido gran desasosiego. El arcipreste detectó la tormenta interior del cura. Sonrió, le echó el brazo por los hombros y argumentó murmurando en su oído durante más de una hora.



Las soledades de Tredòs se agravaban por el silencio, que a Laurenç le parecía el de un limbo al que hubiera sido condenado ya en vida. Ni siquiera el impetuoso arroyo, que valle abajo se convertiría en el Garona, producía más que un rumor. ¿Debía seguir aceptando la invitación de Mossen Peir, que en realidad había sido una orden? ¿No le obligaban el voto de castidad y la fe a correr a Vielha para desdecirse y someterse luego a la más dura de las penitencias?
Sentía sacudidas de la conciencia que le causaban náuseas mientras cumplía una de las órdenes del arcipreste. Tenía que construir una habitación adosada a la casa cural, ya que la vivienda era demasiado pequeña y sólo poseía un cuarto, el del párroco. Puesto que la aranesa de Zaragoza, Marianna, debía aparecer ante la feligresía como una sobrina lejana aposentada como asistenta, tenía que proveer una habitación para cubrir las apariencias.
Esta necesidad de fingir, de ser hipócrita, aumentaba su turbación y las quejas de su alma. El desconcierto y la angustia proyectaban sus brazos con ímpetu furioso, su habitual e instintiva manera de desahogar los ardores del pecho. Se encontraba picando la pared exterior de la casa cural, para abrir una trocha donde enraizar el muro de la nueva habitación. A cada golpe, suplicaba a Jesucristo que le diera una señal con que sentirse menos miserable. ¿Era un pecado tan monstruoso construir esa habitación? ¿Estaba arriesgando la vida eterna de su alma prestándose al requerimiento de mossen Pèir?
Uno de los golpes hizo saltar lo que, pareciendo un sillar macizo, era sólo una pequeña losa que disimulaba un hueco demasiado cuadrado y regular como para ser accidental. Con toda seguridad, se trataba de un nicho minúsculo practicado intencionadamente en la piedra. Devoto y emocionado, creyó que ésa era la respuesta que el Señor daba a sus plegarias. Tanteó el interior del hueco, pero era demasiado estrecho para las dimensiones de su mano.
Arrancó del árbol más cercano una vara menuda, con la que hurgó en la cavidad y tras varios intentos, puesto que la vara era demasiado flexible y se doblaba al tropezar con lo que había dentro, consiguió extraer un envoltorio. Se trataba de un trozo de pergamino con unas extrañas inscripciones que no pudo descifrar. Pero lo más llamativo era lo que el pergamino envolvía; una piedra de naturaleza desconocida para él, casi una gema, de forma cúbica, en una de cuyas caras aparecía grabado en bajorrelieve una especie de ojo, o pez, sirviendo de base a tres cruces.
¿Qué misterio escondían la piedra y las frases en un idioma desconocido? ¿Se trataba de una señal divina para traerle el anhelado consuelo o era, en realidad, un objeto satánico que abonaría su candidatura irremisible al infierno?
Cayó de rodillas, entre súplicas a Jesús para que se compadeciera de él e iluminase su entendimiento.




De rodillas lo encontró mossen Peir, que en lugar del simón con cochero, llegó a lomos del hermoso caballo que tanto le envidiaba Laurenç. No le había oído llegar, así de abstraído se encontraba con las preguntas sobre el significado de la piedra y los escalofríos que le causaban todas las hipótesis que se le ocurrían.
-¿A qué tus plegarias, mossen, en ese sitio y a estas horas?- dijo el arcipreste a modo de saludo-. ¿Ruegas a Nuestro Señor que te permita ir más aprisa con la obra?
-Es que…
Mossen Laureç se preguntó si sería conveniente hablarle del hallazgo. La máxima jerarquía eclesiástica del valle le desconcertaba. ¿No le reprendería si le confesaba sus vacilaciones y su temor a la condenación eterna?
-Te noto turbado, mossen. Y has palidecido.
-Sí, padre. Las dudas corroen mi alma.
El arcipreste apretó los labios y alzó los ojos al cielo.
-Pues no deberías permitirlo, mossen. Eres un buen hombre, practicas la caridad en Nuestro Señor Jesucristo según se te ordena, y posees la virtud de la obediencia.
-Pero… Padre… -Laurenç señaló con la mano extendida la obra que estaba realizando.
-Escucha, mossen –dijo mossen Peir, sobre una sonrisa deliberadamente fría-, debo contarte algo que necesitas saber. Cuando yo fui encargado de la parroquia de Bossost, tenía más o menos tu edad. Y, como tú, creía que la castidad era lo mejor de mí que podía ofrecer a Dios Nuestro Señor. Permanecí en casta soledad los dos primeros meses, pero a todas horas, en todas las ceremonias y en todas las circunstancias notaba miradas aviesas de mis feligreses, sobre todo en los ojos de los hombres. Hasta en los instantes de mayor recogimiento en misa percibía el acero de sus miradas suspicaces. Un día, recibí la llamada de quien entonces era el arcipreste. ¿Sabes lo que había pasado? Mis feligreses hallaban sospechoso y muy peligroso que no tuviera barragana, porque ello les hacía suponer que podía proponer el comercio carnal a sus mujeres, hermanas o hijas. Por ello, exigían al arcipreste que me sacara al instante de su parroquia o bien que me apresurase a encontrar una buena “sobrina” que les librara de sus temores y malos augurios. Dudé mucho, la conciencia me torturó durante semanas, pero luego comprendí que tenían razón. La soledad y una peña de hielo en el corazón no favorecen el servicio a los feligreses, que es la misión que tenemos encomendada y la obligación suprema de un párroco. Así que, hijo mío, no dudes más y emplea tus energías en el mejor servicio de Dios.
-Pero, padre, temo…
-¿Qué?
-Ved esta piedra. Acabo de encontrarla oculta, donde seguro que estuvo durante siglos, en el hueco que podéis ver en aquel sillar. Considero que pudiera ser una advertencia de Nuestro Señor.
Mossen Peir tuvo que contenerse para disimular la agitación que conmovió su cuerpo de repente y el patente nerviosismo de su mano al cogerla.
-Más que piedra, parece una gema –dijo tratando de soltar el nudo que atenazaba su garganta.
-Sí, tenéis razón. ¿Se os ocurre alguna idea de lo que pueda ser?
Mossen Peir estuvo a punto de asentir. Frunció los labios forzándose a callar. Luego de una pausa evaluadora tanto de la situación como de las expresiones de Laurenç, preguntó:
-Tú, ¿qué supones que es?
-No consigo imaginarlo, padre. Pero en el fondo de mi alma crece el convencimiento de que Dios Nuestro Señor trata de mandarme un aviso…
-Calla, Laurenç. Te lo ordeno. No blasfemes invocando el nombre de Nuestro Señor en vano ni peques de arrogancia.
La mojigatería del joven cura impacientaba al arcipreste cada día más, si es que cuanto decía en esos instantes era producto de su pusilanimidad y no una simulación para hacerle creer que ignoraba la trascendencia de lo que había encontrado. Tratando de sonreír para fingir una amonestación amable, resistió la tentación imperiosa de guardar el objeto en la faltriquera. A tiempo, le contuvo el pensamiento de que no disponía de ninguna explicación plausible que pudiera dar, de momento, al riguroso mossen Laurenc. ¿Debía exponerse a su recelo, guardándose la piedra sin responder ni darle más explicaciones y afrontar, en cambio, el torbellino de preguntas que afloraba en los ojos del párroco? Mejor sería memorizar con toda fidelidad el dibujo, y reproducirlo en cuanto llegase a Vielha en una carta que se apresuraría a enviar al señor obispo.

Mañana capítulos II y III

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