jueves, 4 de diciembre de 2008

EL OCASO DE LOS DRUIDAS. Lectura gratis. Comienza.


Como ya sabéis todos, estoy publicando en mis blogs gratis las cuatro novelas por la s que la editorial me estafado en cinco años 70.000 euros, haciéndome llevar una vida miserable de esclavo, aunque no paraba de escribir.
El Cpongreso de los Diputados ha puesto en marcha una revisión a fondo de la Ley de Propiedad Intelectual, para que no vuelvan a ocurrir caso como el mío.
Pronto, podréis leer toda mi obra inédita en la web:
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Aquí os regalo el prólogo y el primer capítulo de EL OCASO DE LOS DRUIDAS. Espero que os agrade esta especia de fábula mágica.

EL OCASO DE LOS DRUIDAS
Luis Melero


Los celtas han vuelto a escena con gran ímpetu.
Puede que se deba a la fascinación que evoca
una cultura lejana, cuyas influencias
han sobrevivido al transcurso del tiempo.

Elena Percivaldi
CELTAS, UNA CIVILIZACIÓN EUROPEA




ÍNDICE

PRÓLOGO El edén estaba aquí…………………………..
PRIMER LIBRO Castro de Santa Tecla. La elección…..…
SEGUNDO LIBRO De los astures a los galos……………..
TERCER LIBRO Con los anglos………………………......
CUARTO LIBRO Entre galeses e hiberneses…………….
QUINTO LIBRO Las dudas del retorno…………………..
Datos y fuentes consultadas…...…………………… ..





EL OCASO DE LOS DRUIDAS

PRÓLOGO
El edén estaba aquí
Europa posee las grandes manifestaciones artísticas más antiguas producidas por seres humanos. Las cuevas de Altamira y Lascaux, en España y Francia, han sido llamadas con razón “Capillas Sixtinas prehistóricas” y fueron pintadas más de diez mil años antes de la construcción de las pirámides de Egipto. Los increíbles megalitos europeos como Menga en Málaga, Carnac en Francia, o Stonehenge en Inglaterra, son tal vez los monumentos más antiguos de la Humanidad, anteriores a las pirámides y los zigurats.
La civilización celta, aunque posterior a los constructores de dólmenes y menhires, fue durante más de dos milenios una especie de Comunidad Europea desde Finlandia a España y desde Turquía a Irlanda, un fraternal reino de reinos que compartían signos, dioses, sentido de la vida y, probablemente, lengua. Una realidad continental que, pese a los afanes de Bruselas y Estrasburgo, todavía nos costará varias generaciones restaurar del todo. Esa civilización, amante de la Naturaleza y practicante ferviente de la armonía de los hombres con su medio, debió de alcanzar conocimientos muy profundos de física y química, y su cultura era lo bastante funcional como para que clanes muy distantes en el tiempo y el espacio la conservasen durante muchos siglos.
Pero agonizó lentamente a lo largo de más de un milenio, bajo la presión de los invasores orientales (fenicios/cartagineses y griegos/persas) y el Imperio Romano. Finalmente, fue diluyéndose en el olvido en un continente a medias cristiano y a medias musulmán, cuyos practicantes más fervientes, en rara sintonía, perseguían y aplastaban toda manifestación de conocimiento que repugnase a quienes tan pocos conocimientos poseían.
Como, según el tópico, la Historia la cuentan los vencedores, los europeos actuales apenas recordamos ni reconocemos nuestro verdadero origen cultural común, el celta, mucho más determinante que el fenicio, el griego o el latino en nuestros modos y maneras generales, y en el entendimiento paneuropeo de la vida. Tan grande es nuestro olvido, que la ciencia seria no emprende estudios profundos, a escala continental, que pudieran encontrar explicación al misterio de una civilización tan extensa y homogénea en épocas de tan difíciles comunicaciones, para restablecer un mínimo de nuestra memoria colectiva, deliberadamente eclipsada no se sabe bien por qué o por quién. Nadie explica de manera razonable, por ejemplo, la existencia de topónimos como GALicia, GALacia, GALia, y GALes, todos con significación celta comprobada, en lugares tan distantes como Turquía y Gran Bretaña.
El espíritu celta y manifestaciones abrumadoras de su cultura y sentido de la vida han pervivido en las tradiciones, el folclore, la música, los rastros arquitectónicos y hermosos objetos de orfebrería. Y además, está impregnada de celtismo toda una tradición literaria que llega prácticamente hasta el presente. Sin pensar en su origen celta común, difícilmente se podría comprender el espíritu ecológico y de comunión con la Naturaleza que satura los relatos de los hermanos Grimm (alemanes), Giovanni Bocaccio (italiano), Hans Christian Andersen (danés), Charles Perrault (francés), Lewis Carroll (inglés) o Jonathan Swift (irlandés) e inclusive los fabulistas españoles Félix María Samaniego y Juan Eugenio Hartzenbusch. Sin considerar nuestros orígenes celtas, resultaría inimaginable el surgimiento en la Europa judeocristiana de ideas como las de Jean-Jacques Rousseau (suizo).
Aceptamos como un dogma haber sido “civilizados” por Sumer y otras naciones orientales, como si lo que antes existía en el continente fuese tan sólo un hatajo de salvajes infrahumanos, bárbaros, brutos e incapaces de crear arte, belleza ni cultura, lo que es contradicho clamorosamente por los numerosos rastros, tan superficialmente investigados, que dejaron los celtas y que incluyen la que es probable que sea la más antigua forma de escritura alfabética, a pesar de que un tabú religioso les impedía escribir sus leyendas e historia, lo que es una de las causas de nuestro olvido. En esta cuestión tan crucial, la ciencia ha dejado en manos de desvaríos especulativos la investigación de algo que nos concierne a todos los europeos, un patrimonio comunitario que tenemos derecho a conocer con profundidad y sin frivolidades.
Europa experimentó un tiempo en que los celtas manteníamos con la Naturaleza una alianza mutuamente provechosa. Entonces, el Edén estaba aquí.
Con todo el espíritu celta de que he conseguido imbuirme en lugares que amo intensamente, narro a continuación una aventura que pudo suceder.
El ocaso de los druidas
PRIMER LIBRO
Castro de Santa Tecla. La elección
1
Más allá de tres o cuatro brazas, era imposible ver nada. La niebla había posado sobre la mar rizos como guedejas de algodón, unos mechones blancos inmóviles, acariciados con suavidad por el paso leve de la barcaza. Los hombres se deslizaban sigilosos y alelados, temiendo despertar a los monstruos de las profundidades.
Aunque casi todos eran marineros avezados y supervivientes de horribles temporales, la cortina de niebla les sobrecogía y por ello los nueve permanecían en silencio, seis en los remos, uno al timón y dos con las artes de pesca preparadas para echarlas en cuanto encontrasen un lugar propicio, cualquiera de los caladeros conocidos que la tradición había transmitido de padres a hijos. Pero no conseguían orientarse con los puntos habituales de referencia borrados por la niebla. La punta rocosa que semejaba el pico de un águila; el carvallo que asomaba sobre el acantilado, retorcido por las tormentas; las ruinas del castro de Santa Tecla en el extremo sur, flanqueando la desembocadura del río; la gran cabaña cuadrangular que era su refugio en la playa, el almacén donde guardaban las redes y, con frecuencia, la alcoba de su solaz.
En esos momentos de escalofrío, no había nada que sus ojos avizores y expertos pudieran distinguir más que el blanco grisáceo que todo lo velaba, como si hubiesen inundado el mundo de leche.
La vela izada y desplegada del todo no les servía para avanzar en la calma chicha, de modo que los remeros sudaban con las manos rotas, bogando afanosos aunque no tenían claro el rumbo. Cada vez que los seis remos rompían la quietud del mar, sonaba el chapoteo de las palas con la sincronía perfecta de quienes no tenían nada más en que pensar.
El timonel murmuró sin dirigirse a nadie en particular:
-Esto ha de ser el limbo entre el cielo y la tierra, del que hablaba el otro día el anacoreta de la Cova do Mar.
Lo dijo muy bajo, pero su voz sonó como un graznido que rompió el tenso silencio de la espera vigilante de una presa. Algo que aunque no les alimentase, les aliviara al menos el desasosiego.
-Tiene que ser cosa de brujería –dijo el primer remero de estribor, volviendo un poco la cabeza hacia babor.
Aunque no lo había mencionado, todos en la barca comprendieron la alusión. El que había hablado y otros cuatro giraron la cabeza hacia el tercero de los remeros de babor, un joven forzudo, todavía adolescente, que no era natural del poblado del que los demás provenían. Ese muchacho de cabello amarillo y ojos de mar era un ser diferente, probablemente con necesidades, miedos y victorias distintas de la gente normal. Lo habían aceptado en la tripulación porque les faltaba un par de brazos, pero desde el primer día sentían su compañía como una presencia inquietante, a ratos perturbadora y llena de malos presagios.
Los habitantes del bosque pertenecían a otra raza, a otro dios y a otra manera de entender la vida. Eran seres misteriosos, capaces de hechizar a las personas con los ojos y de transmutar las piedras en cualquier materia que necesitasen. Hablaban con los pozos y los veneros, invocaban a diosas impúdicas que recorrían sus sueños y encantamientos completamente desnudas, sedientas de la sangre inocente de niños que debían serles sacrificados cada vez que se enfurecían. Por la inspiración de sus diosas como demonios, esa gente indescifrable del bosque fabricaba elixires que les proporcionaban vigor de titanes, y otros que sometían a sus caprichos a cualquier forastero temerario que se dejase seducir.
Nadie de la aldea pescadora de la playa se aventuraba jamás por lo más intrincado del bosque. Cuando necesitaban atravesarlo, lo hacían en grupo y por caminos hollados durante generaciones en todo el tiempo que abarcaba su memoria.
Si Conall fuese un adulto, no lo habrían aceptado en el barco. Su juventud había servido a medias como garantía de que no era temible, aunque no las tenían todas consigo. Si los seres del bosque poseían facultades prodigiosas, ¿sería indispensable haber alcanzado la edad adulta para servirse de ellas? ¿No era, en el fondo, tan temible un niño celta como el más sibilino y fuerte de sus hombres?
Conall fingió no enterarse de las alusiones.
Continuó remando, impasible sólo en apariencia, porque siempre que oía esa clase de comidillas se le desataba un vendaval en el pecho. La vida en el bosque había llegado al ocaso, todo su pueblo arrastraba una existencia crepuscular sin apenas esperanzas ni aliento. ¿Qué otra cosa podía hacer un joven ambicioso como él, sino tratar de adaptarse a los tiempos? Los acontecimientos de las últimas generaciones habían recluido a los celtas al margen del camino por donde avanzaba el mundo. Ya no les quedaba más que ser espectadores de los nuevos tiempos y morir. La única manera de salvarse era diluirse en las nuevas costumbres y estilos de vida. Al fin y al cabo, ¿qué tenía de interesante vivir camuflado entre árboles y matorrales, fundidos con el paisaje y mudos para no ser acosados ni exterminados? ¿Qué ventajas presentaba esa clase de vida para un muchacho a quien le quedaba toda una vida por vivir sin renunciar a sus ambiciones? Poderosas ambiciones intactas, fuesen cuales fueran sus circunstancias. Mejor sería que los pocos supervivientes del clan que aún languidecían en el bosque se diluyeran en las prósperas comunidades del litoral, confundiéndose con ellos y aceptando sus dioses, su lengua y sus costumbres. Él y los suyos necesitaban acabar con los druidas vestidos de blanco, que eran quienes se oponían con ferocidad suicida a la realidad del mundo presente; tenían que ignorarlos para someterse a continuación a los monjes vestidos de negro que habían comenzado a apropiarse de parcelas limítrofes del bosque, mediante el recurso de talar los árboles y quemar la vegetación. En los espacios conquistados, desterraban toda la vida a fin de vivir ellos según sus costumbres.
Un vago sentimiento de trasgresión le hizo temer que la diosa se dispusiera a castigarle, porque en ese momento, sin transición, se desató un temporal tan espantoso como una maldición divina. La niebla fue disuelta en pocos instantes y en su lugar les envolvieron olas como montañas verdinegras.
-A éste, habría que mandarlo de nuevo a su bosque embrujado –dijo el timonel, señalando sin recato a Conall con el hombro-. El señor Yago nos va a castigar por darle cobijo y sustento.
Nadie respondió, pero tampoco le contradijeron.
Angustiado por el bamboleo que estremecía el navío, Conall resolvió que si lograba poner pie en tierra de nuevo tendría que encontrar con urgencia una solución para su vida.

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