martes, 26 de agosto de 2008

CAL VIVA, novela convulsionante



Ya está publicada en Leer-e mi novela Cal viva, que fue primera finalista del Premio Ateneo de Sevilla 1992. Es una novela sorprendente y pasional, que recibió en su momento críticas estusiastas. Edito ahora en Internet, porque la editorial de mis cuatro últimas novelas me ha estado robando mis derechos durante cuatro años.
Reproduzco a continuación el capítulo 11, donde se presenta a la fascinante protagonista del drama.

CAL VIVA capítulo11
Había nacido tan bella como el escandinavo que la engendró. La herencia de él recibida, un pelo rubio casi albino, fue el origen del apodo, ya que el color era igual que el de las hojas de palma usadas en la comarca para trenzar pleitas con las que confeccionaban sombreros, cestos y seretes para los higos.
El sueco, al que llamaron así aunque nadie supo nunca su verdadera procedencia, había escapado de alguna guerra privada saltando de su barco a tierra en Gibraltar, desde donde fue pajareando de aldea en aldea hasta junto a los nidos de águilas de la sierra de Mijas. Su llegada al caserío aferrado a una ladera de caída vertiginosa fue como un estremecimiento supersticioso tan profundo y duradero, que muchos creyeron que su advenimiento se había producido para anunciarles la llegada del cometa Halley cuando éste, quince años más tarde, les mantuvo en vela sobrecogida durante semanas. Incapaz de descifrar sus palabras, se refugió en el pinar, en la oquedad de un repecho junto a la ermita de la Peña. Preñó a doce mocitas en los veintisiete días que ocupó su escondite, y hubiera podido preñar a más porque ninguna mujer creía estar haciendo nada pecaminoso al tomar contacto carnal con él, ya que no podía ser pecado complacer los deseos de un dios cuya belleza hacía doler los ojos al mirarle.
El sueco se esfumó tan súbitamente como llegara. Los doce niños que nacieron a los nueve meses crecieron con el estigma de la deshonra de sus madres, tan irritantes para la conciencia colectiva de la aldea como los apellidos maternos con que los bautizaron. Las doce mujeres se vieron condenadas a la soltería perpetua y la mirada aviesa de los vecinos; huían de ellas como si estuvieran cubiertas de una sustancia viscosa y pestilente, y odiaron a los hijos por ser producto de la más horrible vergüenza que se hubiera abatido nunca sobre ellos.
Igual que sus hermanos de padre, creció la Pleita más alta y esbelta que los de su generación. Con sus ojos azules, su piel nacarada, su risa luminosa, sus cejas apenas insinuadas, su nariz fina y orgullosa y su caudalosa melena rubia, era más hermosa y sensual que la más irresistible de las tentaciones. A los catorce años había sido poseída ya, a cambio de baratijas, por todos los señores bienpensantes del pueblo, que luego, al cruzarse con ella de día y a la luz pública, la zaherían y ha humillaban con toda clase de vejaciones, pues una suerte de acuerdo tácito había impuesto en la aldea tal costumbre como el medio más eficaz de alardear de virtud y ser reconocido como virtuoso.
Un día que la primavera comenzaba a despuntar, tiñendo de un verde brillante el paisaje que se desparramaba en dirección a la ensenada de Fuengirola, la Pleita vio llegar por la calle principal, caminando hacia donde ella se encontraba, al mozo casi adolescente entre cuyos brazos había soñado durante toda la noche anterior bajo el susurro de los pinos bamboleados por la brisa. Lo contempló embelesada. Sintió que su corazón se dilataba, incapaz de abarcar la ternura que le inspiraba la figura elástica del muchacho. Revivió su imaginación cada uno de los segundos vividos en el acoplamiento; sus besos arrebatadores, el repeluzno de sus manos, el cosquilleo sentido en el vientre, la suspensión en el vacío y la lluvia de estrellas de la culminación. Esa noche había conseguido comprender el misterio que hasta entonces se le ocultara; antes, escuchaba a hurtadillas cuando las mujeres mayores describían el delirio del amor, sin comprenderlas; se había preguntado innumerables veces qué había de diferente en su cuerpo, dado que ninguno de sus compañeros de una noche la transportaba a esa delirio. Entre los brazos magros, inexpertos e impacientes del muchacho había comprendido la excitación con que las mayores hablaban de ello, al acompasar sus gemidos con los gemidos del adolescente que ahora caminaba hacia ella. Como los demás, él había pretendido entregarle un regalo que ella se apresuró a rehusar, incapaz de expresar de otro modo la gratitud por su participación en el gran descubrimiento.
Lo vio llegar, aureolado por la luz de la mañana, y le sonrió. Él torció el labio superior con repugnancia; escupió a los pies de la Pleita antes de girar violentamente la cabeza hacia otro lado.
La Pleita no quiso aguardar tiempos más venturosos. Echó a andar por el sendero que conducía bajo el pinar a Benalmádena, y así que se hubo alejado unos centenares de metros, se quitó las alpargatas y sacudió el polvo adherido a la lona y el esparto, batiéndolas una contra la otra. Cepillóse la falda con las palmas de las manos para eliminar cualquier rastro de polvo de su aldea natal y escupió e hizo tres cruces en dirección a Mijas. Miró las reverberantes casas colgadas del precipicio y ansió que su mirada fuera capaz de disolver a la aldea en la nada.
Permaneció ocho días escondida en las cercanías de Benalmádena, alimentándose de raíces, frutos silvestres y la leche que chupaba directamente de las ubres de unas cabras que pastaban libres. El noveno día, la sorprendió el cabrero.
No era joven ni viejo. Su talle se quebraba igual que una caña zarandeada por el viento, con dimensión de adolescente, pero su piel era salobre y la surcaban los arabescos de muchos veranos a la intemperie. No conocía mujer, pues las cabras habían sido dulces compañeras, y cuando tomó posesión de la Pleita bajo la amenaza de entregarla a los civiles, recibió su graduación de amante en los brazos de la mujer-niña. La Pleita le enseñó a no balar mientras realizaba el coito y le instruyó en una serie infinita de variantes a la única postura, de retro y de rodillas, que el cabrero conocía. Lo condujo a los siete niveles del cielo y a todos los abismos del infierno. Él callaba, enmudecido por el estupor, mientras se sobrevolaba a sí mismo sin punto alguno de referencia. Ascendía por la falda de la colina levitando, sin sentir la yerba bajo sus pies, mientras les cantaba a las cabras una malagueña, siempre la misma, que una vez oyera al pasar ante la puerta de la venta que custodiaba la entrada del pueblo.
Cuando se ausentaba, corrió el cerrojo mohoso que había clavado en la cara externa de la puerta. Cuando desandaba el camino al atardecer, sus manos temblaban de ansiedad; alguien podía oír los lamentos de la Pleita; alguien podía descorrer el cerrojo por casualidad; ella podía haber huido. Aprendió a rasurarse con navaja y a bajar cada semana a los manantiales; la primera vez, tuvo que usar lajas de piedra para arrancarse las costras; después ya no era tan difícil asearse y la expresión de la Pleita, aunque persistiera su altivez, dejó de ser de repugnancia horrorizada. Al regresar del baño, irrumpía en la semipenumbra de la choza luchando por esconder al sonreír las mellas de su dentadura y exhibiendo con ingenua desvergüenza una erección que sólo se aplacaba al tercer o cuarto asalto. Tejió para ellas coronas de margaritas y alfombró la choza con pieles de cabra para que ni una mota de polvo mancillara los reflejos nacarinos de los pies de la Pleita.
Una tarde, hasta de llorar y de espiar los rumores del exterior de su prisión, agitada por la náusea que le causaba anticipar la llegada del cabrero, la Pleita comprendió que lo tenía en su poder. Fuera, cantaba la brisa en libertad, la primavera remontaba el calendario y metía por las rendijas aromas de romero. Lo tenía en su poder, él no iba a entregarla a los civiles. El romero derramaba esencias colinas abajo, libre, y ella llevaba un mes prisionera en aquella celda que olía a pieles rancias. El miedo fue sustituido por el tedio. Tenía que escapar.
Un murmullo de voces interrumpió sus cavilaciones. Las voces no se mezclaban con los balidos. No era él. Eran dos hombres o más, arrieros de paso.
-¡Socorro, ayuda! –gritó.
Las voces enmudecieron. Aguzó el oído en busca de ruido de pasos. Nada; iba a perder la ocasión.
-¡Ayuda, por caridad! –vociferó- ¡Por Dios misericordioso, socorredme!
Su corazón galopaba como los caballos de la diligencia que bajaba de Mijas los lunes. Tras unos instantes de silencio, dejó de latir, al tener la certeza de que los hombres se acercaban.
-¡Mira qué tunante, el Pablo! –bromeó uno de ellos cuando la vio salir a la luz del sol poniente con los ojos encogidos.
-¿Qué callado se lo tenía!
Eran dos jayanes de barbas como crin de asno que cruzaron entre sí expresiones lascivas. Por los desgarrones de sus harapos asomaba una naturaleza vigorosa, una potencia agazapada en espera de saltar. La Pleita los escrutó; mucho más jóvenes que el cabrero, no era demasiado probable que fuesen sus amigos íntimos, pero debía adelantarse a cualquier asomo de complicidad, a cualquier impulso de camaradería solidaria con su carcelero.
-El Pablo debe de haber echado el cerrojo sin darse cuenta –dijo mientras desplegaba en su cara toda la capacidad de seducción-. Ayer iba yo andando pa Málaga y se me hizo de noche. Le pedí cobijo al Pablo. Es muy bueno, me dijo que podía darme posada. Pero ahora tendré que ir más deprisa, porque me espera mi tía y estará muy preocupá…
Notó la ironía de sus sonrisas. Los miró de arriba abajo y vio que se sobaban la entrepierna con descaro, donde el ardor inflaba la ropa, al tiempo que parecían dispuestos para la acometida; intuyó que tenía que darles algo para que no se interpusieran en su camino. Un movimiento de cuello le bastó para que ellos trocaran su actitud de amenazante en sometida. Se encerró con los dos; formaron un carrusel en el que los miembros se entrelazaron y se confundieron, y aunque no siempre ella el plato principal del festín, consiguió extraerles todos los sudores y todos los humores y, una vez que hubieron alcanzado el clímax varias veces, exhaustos y felices, esperó que el sopor ablandara los brazos que aferraban su cuerpo por ambos lados. Se escurrió entre los dos y abandonó el camastro por los pies; se volvió a mirarles al tiempo que hacía volar la catarata refulgente de su melena. Hundidos en el duermevela, ellos sonrieron y le tendieron los brazos. La Pleita fingió que aceptaba la invitación, pero lo que hizo en realidad fue acuclillarse para coger la ropa de los tres. Corrió al exterior con el botín y sonrió al confirmar su intuición de que no serían capaces de salir desnudos., mientras oía las maldiciones y las blasfemias que los dos hombres le dedicaban. La obstinación le dio aliento cuando le faltó resuello para continuar corriendo hacia la cañada, donde abandonó las vestiduras masculinas, y unos pasos más allá, al tiempo que atisbaba con la cabeza emergida del tajo tras unas zarzas, fue ajustándose las tres enaguas, el faldón, que le quedaba muy corto y le descubría los tobillos, la camisola y el corpiño de paño negro.
La distancia era considerable, pero pudo oír la reyerta que se organizó al llegar el cabrero. Las voces fueron seguidas inmediatamente por dos alaridos y luego salió el cabrero con las manos, los brazos y el pecho manchados con la sangre de sus rivales. Corrió de un lado a otro con los ojos convertidos en luminarias. El punto de la cañada donde la Pleita se encontraba distaba mucho de la vereda, no tenía la menor intención de andar por ese camino hasta haber puesto una buena legua entre ella y su carcelero. Lo vio desistir de la búsqueda, volver a la choza con pasos trastabillantes y las manos contra las majillas., Echó una ojeada al interior y alzó los brazos al cielo. La Pleita no entendió por qué volvía al redil, por qué se sumergía de nuevo en la barahúnda de balidos del rebaño. Su incomprensión se desvaneció en seguida cuando tuvo que taparse los oídos para no escuchar los estertores. El cabrero degolló a las ochenta cabras y luego se encerró en la choza y prendió fuego a cuanto poseía, incluido él mismo.

www.melero.com

1 comentario:

Fany Augusts dijo...

Una de las novelas mas poderosas que he leído en castellano.
Un ambiente que quema como la cal viva y que el autor lo transmite magistralmente.
Es una pena que cuando se busca en google "Cal viva", lo primero
que aparezca sea un relato con el mismo titulo pero escrito por un sinverguenza.