lunes, 12 de mayo de 2008

Un minuto antes de extinguirse los dinosaurios

Si usted viaja por Europa o el resto del mundo, le sorprenderán dos cuestiones acerca de la literatura española: casi todo lo que continúa vendiéndose en el mundo es de nuestros clásicos; lo presente está prácticamente desaparecido.
En estudios muy retóricos, muchos se han preguntado cuáles podrían ser las causas. Puede que haya muchas, pero por lo que yo vengo experimentando, en la actualidad no cuenta que usted dedique toda su vida a tratar de dominar la herramienta, acercarse a la escritura con respeto solemne hacia algo tan hermoso y frágil como la lengua española. Tampoco cuenta que se machaque las meninges para fabular con originalidad.
Los primeros que desprecian la lengua son, precisamente, los correctores que introducen barbaridades en redacciones que, de limpias, convierten en torpes y sucias.
Pero a la hora de despreciar, hay un montón de ignorantas (en el sentido machadiano) que no sólo pretenden que los escritores españoles remedemos a Dan Brown, sino que se impacientan frente a quienes defendemos el rigor en el uso de la lengua y, para colmo, amparan, empujan y promocionan a plagiarias clamorosas, como una que copió y presentó como suyos 150 versos de un buen poeta, y por ahí anda en pomposa firmas de columnas escalofriantemente estúpidas. Cualquiera que salga mucho en televisión puede plagiar a escritores norteamericanos y vender cien mil ejemplares de un libro ilegal, antes de que la justicia meta manos en el asunto.
Agoniza aquel dinosaurio -inimaginable ahora- de la originalidad y el atrevimiento de Quevedo, Cervantes o Calderón.